20.12.06

Lucas

A las 6 de la mañana el ruido de los autos en la autopista se hace más constante.
Cuando mi vieja me sacude el brazo para despertarme dejo de soñar y empiezo a caer poco a poco. Anoche la cosa estuvo buena, eso de caminar con tanta gente para el mismo lado, quizá. A pesar de que al mirarnos nos diéramos cuenta de que somos distintos nos sonreíamos, porque íbamos para el mismo lado.
Todas las mañanas es lo mismo. El viejo en la cocina, tomando mate desde hace una hora, frunce el ceño y mueve la cabeza hacia ambos lados. Pero medio que se sonríe, y me convida un mate.
Estuvo más de veinte años trabajando de operario en una fábrica. Pero un día su máquina lo traicionó y lo dejó con dos dedos menos en cada mano. Ahora tiene 52 años, una mísera pensión de 120 pesos por mes y ninguna posibilidad de conseguir trabajo.
Siempre que salimos con la vieja a tomar el tren nos cruzamos con los mismos vecinos. Desde que tengo memoria, Doña Chola barre la entrada del monoblock en el que tiene el departamentito. Cada mañana, con su escoba andrajosa y sus 80 años a cuestas, saluda con una sonrisa a los que se van y mira fuerte pero cariñosamente a los que llegan, como una abuela que cuida celosamente de sus nietos.
Mamá trabaja desde hace 10 años en la misma casa. Y gracias a los trescientos mangos que gana por mes, casi que comemos todos los días.
Recuerdo que de chico este tren me resultaba encantador. Siempre lo tomábamos para ir al centro, a caminar por Florida. La emoción que me causaba abordarlo no se comparaba con ninguna otra. Era el pasaporte hacia un mundo fascinante, en el que las luces de neón y la música fuerte tapaban mucho más que las palabras que nos pudiéramos decir.
Ahora ese mismo lugar sólo me trae recuerdos de rechazos y de miradas indiferentes. Y las caras de éste tren están cada vez más tristes.

A media mañana, cuando ya tengo más de un no trepado a los oídos, la cosa se empieza a poner rara. Parece que el fuego de anoche todavía no se apagó.
A mi me quedan algunos laburos para ver y decido seguir el camino, aunque más no sea por un rato.
Me alejo un poco y trato de pensar en otra cosa, pero siempre caigo en lo mismo. Las imágenes de anoche se me cruzan como diapositivas y cada una me produce el mismo cosquilleo en el estomago.
“Se nos juntó la bronca y ahora explotamos” escucho por ahí. Y, como con tantas expresiones que escuche esta mañana, estoy de acuerdo. Pero también tengo un poco de bronca más mía, porque tenemos hambre desde toda la vida. Y, ¡puta!, si tengo bronca. Otra vez el cosquilleo. Esta vez también aprieto los dientes, mastico la bronca. Pero no me la trago.
Me doy vuelta y vuelvo sobre mis pasos, escucho aplausos que dejan las palmas rojas, ruidos agudos, como cuando no queda más arroz en la olla. Pienso en el viejo y en la vieja. Y en mis tres hermanitas. El cosquilleo se hace más y más fuerte, el corazón me late a mil y las piernas se vuelven a cada paso más veloces. Casi que corro.
Llego y me siento en el piso, junto con otros. Igual que anoche, yendo para el mismo lado.
La bestia está sedienta, parapetada, esperando para saltarnos al cuello. Acá cada vez somos más y nos envalentonamos unos a otros. El grito se hace más ensordecedor cada vez y las caras que están atrás del vallado se van deformando.

Hace un rato largo que nos echaron de la plaza. La garganta pica de tanto gas y las piernas están cansadas de tanto ir y venir. Alguien estira el brazo hacia mi con un gajo de limón en la mano. Más allá un grupo de unas cinco mujeres comparte una botella de agua. Se refriegan los ojos para poder ver más claro. Nos miramos. Y nos sonreímos.
La última vez que miré la hora eran como las cinco y media. Acá el calor es insoportable, pero todos sabemos que no nos vamos a ir.
Se nos vienen encima. Con todo se vienen los hijos de puta. Vuelan gases. Grito. ¡Vamos carajo!! Y lloro, no puedo dejar de llorar. Ni de tirar piedras. Y arrecian los caballos. Y no puedo dejar de ir para adelante. Y somos muchos y nos sonreímos, porque vamos para el mismo lado.
Pero la bestia es traicionera y acá también juega sucio.
Y me arde la espalda. Y de golpe me tiemblan las piernas. Y me caigo.
Soy Lucas, ayudáme.
Me arde. Soy Lucas.
Ayudáme.

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